Radar de Pintura

La pintura sigue viva y en movimiento: exposiciones, redescubrimientos, subastas, restauraciones, debates… En Radar de Pintura hacemos una selección cuidada de noticias del mundo de la imagen pictórica, las ponemos en contexto y las leemos con calma.

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Maneras de vivir reúne once miradas sobre la ciudad y el mundo rural. Pero detrás de calles, estaciones, campos, casas y caminos aparece una cuestión menos evidente y más profunda: cuánto de nosotros queda en los lugares que habitamos y cuánto de esos lugares termina quedándose en nosotros.

Hay una diferencia importante entre estar en un lugar y habitarlo. Podemos pasar por una estación, recorrer una avenida, trabajar un campo, sentarnos en un banco o cerrar la puerta de una casa. Todo eso sucede en un espacio. Pero habitar comienza cuando ese espacio deja de ser solamente escenario y entra a formar parte de nuestra experiencia: cuando condiciona nuestros movimientos, establece nuestros ritmos, favorece ciertos encuentros, dificulta otros y acaba incorporándose a lo que recordamos de nuestra propia vida.

Esa diferencia está en el centro de Maneras de vivir, la exposición colectiva del Grupo de Pintura Barquillo que puede visitarse durante septiembre en el Centro Cultural Julio Cortázar de Madrid.

Once artistas y numerosas obras distribuidas en cuatro ejes —El pulso urbano; Tránsito, comunicación y vida contemporánea; Campo, trabajo y oficios; Pueblos, casas y naturaleza habitada— construyen un recorrido entre ciudad y mundo rural que evita presentarlos como dos universos irreconciliables.

La ciudad no se deja pintar detenida

Una ciudad puede representarse mediante sus edificios, aunque difícilmente se explica solo a través de ellos.

Gran Vía, de Pablo Vicioso, ofrece una primera pista. Reconocemos de inmediato ese Madrid monumental, con el edificio Metrópolis y la iglesia de San José marcando la perspectiva, pero falta precisamente aquello que esperamos encontrar allí: personas y tráfico. Permanecen los semáforos, las señales, el mobiliario y los edificios, como si una de las avenidas más transitadas de Madrid hubiera quedado despejada por un instante.

Justo después, Gente en Time Square, de Ángela Pardo, devuelve los cuerpos, el movimiento y la acumulación de estímulos. La escala humana se enfrenta a un entorno saturado de información visual y la experiencia urbana aparece ligada a una característica especialmente contemporánea: la competencia permanente por nuestra atención.

El contraste entre ambas obras permite pasar de una ciudad momentáneamente vacía a otra que parece incapaz de detenerse.

Vida en el Rastro, de Kika Castejón, introduce una tercera posibilidad. La ciudad no es aquí únicamente arquitectura o circulación. Es proximidad, intercambio, acumulación de objetos, cuerpos que coinciden, comercio y conversación.

Son maneras distintas de responder pictóricamente a una misma pregunta: ¿qué hace realmente ciudad a una ciudad?

El primer eje de la exposición propone entender lo urbano desde la arquitectura, el movimiento, la multitud, la luz, los recorridos y los encuentros. Pero Maneras de vivir muestra también otra ciudad, menos evidente y quizá más cercana a nuestra experiencia cotidiana.

Estamos juntos. ¿Estamos realmente conectados?

Una de las paradojas de la vida contemporánea es que nunca habíamos dispuesto de tantas posibilidades para comunicarnos y, sin embargo, seguimos conociendo muy bien la incomunicación, el aislamiento y la espera.

IN-Comunicación, de Delia Martín, resulta especialmente significativa en este sentido. Dos personas comparten un espacio doméstico y, sin embargo, la escena introduce una distancia que no puede medirse en metros. La cuestión deja entonces de ser exclusivamente tecnológica. Es también humana, porque compartir un espacio no significa necesariamente estar presentes el uno para el otro.

Algo parecido sucede, desde otro lugar, en Esperando en el andén, de Belén Sacristán. Una estación está diseñada precisamente para llevarnos de un sitio a otro, pero la pintura detiene aquello que normalmente consideramos un intervalo sin importancia: esperar.

Al hacerlo, convierte la espera en experiencia. Esperamos trenes, personas, respuestas, noticias, que algo comience o que termine. Una parte nada pequeña de nuestra vida transcurre mientras creemos estar esperando a que ocurra lo verdaderamente importante.

El segundo eje reúne desplazamientos, pausas, comunicaciones y relaciones humanas dentro de espacios compartidos. La pintura puede detener esos momentos que nuestra vida cotidiana suele despachar con rapidez y permitir que los observemos de otra manera.

El campo tampoco está quieto

Frente a la velocidad urbana sería fácil construir la imagen contraria: un mundo rural silencioso, estable, natural y casi detenido en el tiempo. Maneras de vivir evita esa nostalgia sencilla. El campo que aparece en el tercer eje está trabajado.

En Camino a la cosecha y Vuelta de la cosecha, de Pablo Vicioso, o en La siega y la trilla, de Conchi Frías, la tierra no aparece simplemente como paisaje disponible para nuestra contemplación. Está ligada al esfuerzo, al oficio y a una organización del tiempo que no depende únicamente del reloj, sino también de las estaciones, el clima, la maduración, la cosecha y las tareas que deben realizarse cuando corresponde.

El catálogo señala que estas obras no pretenden idealizar el campo, sino mostrarlo como un espacio «habitado, trabajado y recorrido». Contemplarlo desde la ciudad y vivir de él son experiencias muy distintas.

Y entonces aparece Tierra vaciada, de Pepe Pan.

La obra impide que esa mirada al mundo rural quede reducida a una imagen amable o nostálgica. Hablar hoy del campo significa también prestar atención a actividades que dejan de practicarse, instalaciones que pierden su función, pueblos que se despueblan y espacios donde permanecen señales de una vida anterior.

Tierra vaciada resulta especialmente pertinente dentro del conjunto porque muestra precisamente eso: un lugar que conserva los restos de una actividad que ya ha cesado. La ausencia humana no vacía por completo el espacio; lo transforma.

Una casa es mucho más que cuatro paredes

El último movimiento de la exposición nos lleva hacia espacios más íntimos. Casas, pueblos, refugios, animales, conversaciones y naturaleza. Aquí aparece otra dimensión de habitar: pertenecer.

En mi refugio arbolado y Mi cabaña en la montaña, de Carmina Cejas, contienen desde sus propios títulos una palabra decisiva: mi. No estamos ante cualquier casa ni ante cualquier paisaje. Existe una apropiación afectiva. Algo se convierte en refugio cuando deja de ser únicamente una construcción y empieza a ofrecer protección, intimidad o una relación personal con el lugar.

Gaston Bachelard escribió en La poética del espacio sobre la importancia que adquieren la casa, los rincones, los cajones, los sótanos o los desvanes en nuestra imaginación. Su intuición sigue resultando útil: no recordamos únicamente acontecimientos; recordamos también dónde ocurrieron. Una habitación de nuestra infancia puede haber desaparecido y, sin embargo, continuar formando parte de nosotros durante décadas.

Refugio, de Isabel Garzo, lleva esa idea a un escenario urbano. La obra muestra un rincón tranquilo de Madrid en el que una sola ventana permanece iluminada mientras las demás están a oscuras. No vemos qué sucede dentro y precisamente por eso esa luz adquiere importancia: desde el espacio público intuimos la existencia de un interior privado. La ciudad deja entonces de ser únicamente calles, movimiento o arquitectura y aparece también como el lugar donde cada uno intenta preservar una parcela de intimidad.

Pero pertenecer tampoco significa necesariamente estar solo.

Charlando de nuestras cosas, de Belén Sacristán, introduce algo elemental que a veces olvidamos cuando hablamos de arquitectura y espacio: habitamos también mediante los demás. Tres mujeres conversando pueden convertir un banco, una puerta, una plaza o cualquier rincón cotidiano en un lugar reconocible como propio.

El cuarto eje habla precisamente de pausa, convivencia, silencio, abrigo y contacto con el entorno.

Entonces, ¿dónde vivimos realmente?

Quizá podamos invertir ahora la pregunta inicial.

Solemos pensar que nosotros habitamos los lugares, pero también ocurre algo en sentido contrario. Llevamos con nosotros calles por las que ya no caminamos, casas que ya no existen, estaciones donde esperamos alguna vez, paisajes de infancia, habitaciones, plazas y caminos.

Puede que por eso la pintura mantenga una relación tan particular con el espacio.

Una fotografía puede registrar un lugar en una fracción de segundo. La pintura trabaja con otro tipo de tiempo. El pintor selecciona, elimina, intensifica, modifica y decide. Incluso cuando parte de una referencia fotográfica, lo que finalmente aparece sobre el lienzo ha pasado por una mirada y por un proceso de elecciones.

Eso se percibe especialmente bien en una exposición colectiva como esta. Los once artistas no hablan con una sola voz ni tendría sentido que lo hicieran. Hay diferencias de lenguaje, técnica, experiencia y sensibilidad. Precisamente ahí reside parte del interés: comprobar cómo una misma idea —habitar— puede conducir a respuestas pictóricas muy diferentes.

El planteamiento curatorial no intenta borrar esas diferencias. Las reúne para que podamos recorrerlas.

La exposición que continúa fuera de la sala

Maneras de vivir introduce también una cuestión que afecta cada vez más a los espacios expositivos: qué papel queremos conceder a la tecnología cuando tenemos una obra de arte delante.

La muestra dispone de una extensión digital accesible mediante código QR que reúne catálogo, locuciones con las voces de los artistas y documentación complementaria. ArTTech ha colaborado en la conceptualización, los contenidos curatoriales, la organización documental y el desarrollo de estos recursos digitales.

Pero la cuestión importante no es que exista un código QR.

La pregunta es qué puede hacer la tecnología alrededor de una obra de arte sin condicionar la experiencia de tenerla delante.

Puede permitirnos escuchar al artista, conocer información que no cabe en una cartela, regresar después a una obra que nos llamó la atención o continuar una pregunta que comenzó durante la visita. En ese sentido, la extensión digital de Maneras de vivir no pretende sustituir la experiencia presencial, sino ampliarla antes o después de ese encuentro.

Hay algo coherente en que una exposición dedicada a nuestras maneras de habitar termine planteando también cómo convivimos hoy con las imágenes: físicamente, frente a una pintura, pero también a través de voces, pantallas, documentos y conversaciones que continúan cuando ya hemos salido de la sala.

Maneras de vivir comienza enfrentando dos ámbitos aparentemente familiares: la ciudad y el campo. A medida que avanzamos por la exposición, la diferencia entre ambos deja de ser suficiente.

La pregunta acaba siendo más cercana.

¿Qué convierte un espacio cualquiera en nuestro lugar?

Probablemente intervengan el tiempo que pasamos allí, el trabajo, las personas con quienes lo compartimos y los recuerdos que terminamos asociando a ese lugar. Quizá habitar consista también en eso: en dejar algo de nosotros allí donde vivimos y descubrir, a veces muchos años después, que aquellos lugares también dejaron algo en nosotros.

Bruno Modigliani
Radar de Pintura · ArTTech - septiembre 2026

Radar de Pintura · Artículo 02

Habitar no es solo ocupar un lugar

Radar de Pintura · Artículo 01

Por qué mirar la pintura como actualidad

Durante mucho tiempo hemos hablado de la pintura como algo del pasado: los museos, los grandes maestros, los estilos que “ya fueron”. Sin embargo, la pintura sigue pasando hoy, ahora mismo, en estudios, galerías, escuelas, talleres, residencias y pantallas de todo el mundo. No es solo historia: es actualidad. Y precisamente de ahí nace este Radar de Pintura.

La idea es sencilla: cada semana, en lugar de dejarnos llevar por titulares rápidos o por el ruido de las redes, vamos a detenernos en algunas noticias, exposiciones, movimientos de mercado y debates que afectan directamente a la pintura. No se trata de “cubrirlo todo”, sino de mirar con criterio lo que de verdad merece la pena ser observado.

¿Por qué hablar de actualidad cuando lo que nos gusta es pintar, mirar cuadros, oler trementina y mezclar colores? Porque lo que sucede “fuera” también entra en el estudio. Las grandes retrospectivas cambian la manera en que pensamos un artista. Las restauraciones nos enseñan cómo envejecen los materiales. Las subastas nos hablan de qué valor simbólico y económico se le da a ciertos lenguajes pictóricos. Las nuevas generaciones reabren preguntas que creíamos cerradas. Todo eso acaba, antes o después, en la mano que coge el pincel.

Este Radar no busca deslumbrar con nombres, cifras ni exclusivas. Quiere hacer otra cosa: ordenar. Tomar unas pocas noticias y preguntarse:
¿qué implican para quien pinta hoy?,
¿qué dicen sobre la relación entre imagen y sociedad?,
¿qué nos permiten aprender, aunque nunca vayamos a exponer en las mismas salas que esos artistas?

También será un lugar para observar cómo la pintura dialoga con otros medios y con los cambios de época: la fotografía, lo digital, los nuevos soportes, las pantallas, las herramientas tecnológicas que empiezan a formar parte del taller contemporáneo. Siempre con calma y sin dramatismos: la historia del arte es, en gran medida, la historia de cómo los pintores han respondido a los cambios del entorno.

Pensar la pintura como actualidad no significa olvidar el pasado, sino verlo activar una y otra vez: cuando se redescubre un lienzo atribuido a un maestro, cuando se revisa la obra de una artista que pasó desapercibida, cuando se cuestionan los relatos canónicos que nos enseñaron en los libros. Cada noticia es también una ocasión para revisar cómo se construye el relato del arte.

Por eso este Radar será, más que un noticiario, una bitácora: un lugar donde cada entrada deje una pregunta, una pista, una referencia útil para tu propia mirada. Tal vez no cambie lo que pintas mañana, pero sí la forma en que miras un cuadro hoy.

La pintura no es una reliquia detenida en el museo; es un lenguaje vivo que sigue transformándose. Si afinamos el oído, veremos que cada semana pasan cosas que vale la pena escuchar. De eso va este Radar: de aprender a oír ese murmullo y traducirlo en ideas, preguntas y, ojalá, nuevas ganas de pintar.

Bruno Modigliani

Radar de Pintura · ArTTech - abril 2026

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