Bruno: Pensamiento artístico
Ensayos, actualidad y pensamiento para artistas.
Bruno Modigliani es la voz editorial de ArTTech.
Filósofo del arte y lector incansable de imágenes, su trabajo consiste en tender puentes entre la pintura, la historia del arte, el pensamiento y la práctica cotidiana de los artistas de hoy. Desde “Radar de Pintura”, sus ensayos en “Pensar la Imagen” o la serie “Dentro del artista”, Bruno no sólo cuenta lo que pasa en el mundo del arte: ayuda a mirarlo con más criterio, más calma y más profundidad.
Su foco no es la teoría por la teoría, sino el artista que pinta en su estudio, que duda, que busca un lenguaje propio y que quiere entender mejor el tiempo en el que crea. Bruno acompaña ese proceso con artículos, conversaciones y herramientas de pensamiento que conectan tradición y contemporaneidad, sin perder de vista cómo las nuevas tecnologías transforman la cultura visual, pero siempre poniendo en el centro a las personas y a las obras.
En ArTTech, Bruno es ese espacio donde la mirada se detiene, piensa y vuelve al taller con preguntas nuevas.


Voz editorial de ArTTech
Pensar la imagen
Dentro del artista · Arte y vida interior






Radar de Pintura: Arte, mercado y nuevas miradas
La pintura sigue viva y en movimiento: exposiciones, redescubrimientos, subastas, restauraciones, debates… En Radar de Pintura hacemos una selección cuidada de noticias del mundo de la imagen pictórica, las ponemos en contexto y las leemos con calma.
En Pensar la Imagen reunimos ensayos y artículos de fondo sobre arte, filosofía y cultura visual. Aquí se cruzan Platón y los museos, la historia del arte y la pantalla, la belleza y la vida cotidiana. Son textos para leer sin prisa, que no dan lecciones, pero sí herramientas para mirar mejor las imágenes que te rodean y las que tú mismo creas.
Detrás de cada obra hay una vida interior: estados de ánimo, carácter, dudas, convicciones, miedos y deseos. En Dentro del artista nos acercamos a figuras como Van Gogh, Goya, Picasso o Dalí desde esa dimensión humana, sin mitos ni diagnósticos, a través de su contexto, sus cartas y su pintura. No se trata de hurgar en su intimidad, sino de entender cómo la experiencia personal deja huella en la obra… y qué podemos aprender de ello para nuestra propia creación.
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Editorial ArTTech · Bruno Modigliani
Septiembre no devuelve el arte: devuelve su calendario
Después del verano regresan las inauguraciones, las agendas, las ferias y esa sensación de que comienza una nueva temporada cultural. Pero los artistas rara vez trabajan por temporadas. Entre el tiempo necesario para hacer una obra y el calendario que decide cuándo debemos verla existe una diferencia que septiembre vuelve especialmente visible.
En septiembre empiezan a llegar otra vez los correos con una palabra que parece estar en todas partes: inauguración. Galerías que presentan exposiciones, museos que anuncian temporada, centros culturales que recuperan actividad, estudios que vuelven a abrir sus puertas, encuentros y presentaciones. La agenda se llena con rapidez después de agosto y aparece esa conocida sensación de haber regresado no solo al trabajo, sino también a todo aquello que deberíamos ver.
Madrid ofrece estos días un buen ejemplo. Apertura Madrid Gallery Weekend reunió del 10 al 13 de septiembre a más de sesenta galerías, mientras que su programación de recorridos, visitas y actividades se prolonga durante el mes. La propia asociación Arte Madrid presenta Apertura como el acontecimiento que inaugura cada septiembre la temporada expositiva de las galerías madrileñas.
Hablamos de «temporada artística» y sabemos qué significa.
Pero el arte no había cerrado en agosto.
El artista no trabaja por temporadas
Un cuadro comenzado en mayo puede seguir sin resolver en octubre. Una instalación puede necesitar meses de pruebas antes de encontrar su forma. Un proyecto puede quedar detenido durante semanas y reaparecer cuando algo que parecía secundario empieza a tener sentido. El proceso artístico conoce mal nuestras divisiones administrativas del año.
Las instituciones, en cambio, las necesitan. Una galería debe saber cuándo inaugura. Un museo trabaja con presupuestos, préstamos, seguros, transporte, montaje y comunicación. Una feria necesita fechas y la prensa debe anticipar contenidos. Sin calendario, buena parte del sistema cultural sería imposible de organizar.
El problema comienza cuando confundimos el calendario del arte con el tiempo del arte. El primero distribuye acontecimientos; el segundo puede ser irregular, obstinado y poco eficiente. Hay obras que aparecen deprisa y otras que necesitan años. Algunos procesos responden a una planificación y otros solo empiezan a aclararse después de varios intentos fallidos. Nada de eso encaja demasiado bien en una agenda.
Una inauguración señala el momento en que nosotros empezamos a ver un trabajo, no necesariamente el momento en que ese trabajo empieza. A veces llegamos muy tarde a una historia que lleva meses sucediendo en un estudio.
La temporada también organiza nuestra atención
No regresan solamente las exposiciones. Regresa también la competencia por conseguir que las miremos. En unos pocos días coinciden decenas de inauguraciones, encuentros y actividades. Llegan invitaciones, recomendaciones, artículos, publicaciones en redes y fotografías de personas que ya han estado allí antes que nosotros. De pronto hay muchísimo que ver y muy poco tiempo para verlo.
El problema ya no es la cantidad de arte producido, sino la cantidad de atención disponible. Tenemos acceso a más imágenes, exposiciones y acontecimientos culturales de los que una persona podría seguir con verdadera atención, y una parte de la experiencia empieza a competir con la sensación de estar perdiéndonos otra cosa.
Vamos a una inauguración mientras pensamos en la siguiente. Vemos cinco exposiciones una tarde y quizá recordamos dos. Fotografiamos una obra antes incluso de haber decidido si nos interesa. La abundancia de posibilidades puede acabar convirtiendo la atención en una forma de prisa.
Y el arte tiene una relación complicada con la prisa.
La novedad dura muy poco
El calendario cultural necesita una palabra poderosa: nuevo. Nueva exposición, nueva temporada, nueva programación, nueva propuesta. La novedad ayuda a ordenar la enorme cantidad de cosas que suceden y proporciona a medios, galerías e instituciones una razón para reclamar nuestra atención.
Pero una obra no deja de ser interesante cuando deja de ser nueva.
La mayor intensidad de comunicación suele concentrarse alrededor de la apertura. Después llegan otros acontecimientos y aquello que hace apenas unas semanas ocupaba titulares empieza a desplazarse. La exposición continúa abierta, aunque su momento de máxima visibilidad quizá haya pasado.
Ahí aparece una contradicción difícil de evitar: pedimos a los artistas trabajos capaces de resistir el tiempo mientras los hacemos circular dentro de un sistema que necesita sustituir una novedad por otra. No tendría sentido reclamar la desaparición de temporadas, agendas o inauguraciones. También son lugares de encuentro, permiten descubrir artistas y hacen visible un trabajo que necesita ser visto. La cuestión es qué hacemos nosotros después.
Una inauguración no es una exposición
Ver arte suele ser solo una parte de lo que ocurre en una inauguración. Encontramos personas, hablamos, saludamos, reconocemos caras, tomamos algo y tratamos de movernos por salas que otro día estarían casi vacías. Ese componente social forma parte de la vida artística: crea relaciones, comunidades profesionales, amistades y discusiones.
Pero una inauguración y una exposición son experiencias diferentes. Hay obras que sencillamente no se dejan ver bien entre veinte conversaciones.
Volver otro día puede cambiar nuestra relación con ellas. Una sala casi vacía permite descubrir proporciones que no habíamos percibido, acercarnos y alejarnos, detenernos donde nadie espera pasar y dedicar diez minutos a una pieza que durante la inauguración recibió apenas unos segundos.
Quizá una buena temporada artística no debería medirse solo por cuánto conseguimos ver, sino también por aquello a lo que decidimos regresar.
Lo que empieza realmente en septiembre
Me cuesta pensar septiembre como el momento en que el arte vuelve. Mientras nosotros estábamos de vacaciones hubo artistas trabajando, exposiciones abiertas, proyectos preparándose y obras que todavía no sabemos que veremos dentro de unos meses.
Lo que vuelve es una organización compartida del tiempo. El sistema cultural sincroniza de nuevo galerías, instituciones, profesionales, medios y públicos; las puertas se abren casi a la vez y durante unas semanas la ciudad vuelve a recordarnos que existen muchos lugares donde detenerse a mirar.
Conviene no confundir la intensidad del calendario con la intensidad de la experiencia. Entre todas las exposiciones que empiezan estas semanas habrá algunas que olvidaremos pronto. Otras quizá nos acompañen durante años. No podemos saberlo antes de entrar.
Y ahí sigue ocurriendo lo que de verdad importa: no cuando alguien anuncia que comienza una nueva temporada, sino cuando una obra consigue alterar durante unos minutos nuestro propio tiempo.
Bruno Modigliani
Editorial · ArTTech - septiembre 2026


Después de ARCO 2026: en qué momento está el arte contemporáneo




ARCOmadrid 2026 cerró el domingo 8 de marzo su 45ª edición con unos 95.000 visitantes, alrededor de 40.000 profesionales, 211 galerías de 30 países y un impacto económico estimado de 195 millones de euros para Madrid. Son cifras que confirman algo evidente: el arte contemporáneo sigue teniendo centralidad simbólica, capacidad de convocatoria y peso económico real. Pero conviene no confundir visibilidad con claridad. Que el arte contemporáneo siga ocupando espacio no significa que hoy tengamos del todo claro qué esperamos de él.
Y quizá esa sea precisamente la cuestión de fondo. Más que preguntarnos si el arte contemporáneo “goza de buena salud”, habría que preguntarse qué tipo de organismo es hoy. Porque ya no funciona como una sucesión estable de estilos reconocibles, como ocurrió durante buena parte de la modernidad, ni como una simple vanguardia que rompe con lo anterior y anuncia lo siguiente. El arte contemporáneo actual es, sobre todo, un campo expandido: mezcla mercado, crítica institucional, política de la identidad, memoria histórica, tecnología, espectáculo, archivo, artesanía, ecología y cultura visual de pantallas. No tiene un centro único. Tiene tensiones. Y ARCO, en su mejor versión, sirve precisamente para ver esas tensiones a la vez. Esta lectura es una interpretación editorial, pero se apoya en el tipo de obras, debates y marcos curatoriales visibles en la edición de este año.
Del estilo a la constelación
Durante mucho tiempo, hablar de arte era hablar de estilos: impresionismo, cubismo, surrealismo, minimalismo, conceptualismo. Había genealogías más o menos claras, manifiestos, rupturas, escuelas, incluso enemigos reconocibles. Hoy esa lógica se ha debilitado. El arte contemporáneo no ha dejado de producir formas, pero ya no se organiza de manera dominante en torno a un “ismo” central. Se organiza más bien como una constelación de lenguajes y problemas: instalación, pintura expandida, videoarte, prácticas performativas, investigación documental, arte sonoro, trabajo textil, escultura blanda, imagen generada por IA, archivo intervenido. La pregunta ya no es tanto “a qué estilo pertenece esto” como “qué operación hace esta obra sobre la percepción, la memoria, el cuerpo o el conflicto”. Esa pluralidad también estuvo presente en ARCO 2026, donde convivieron pintura, escultura, instalación y vídeo bajo un marco temático centrado en el futuro entendido no como promesa lineal, sino como zona inestable en diálogo con el pasado y el presente.
Eso no significa que todo valga lo mismo. Significa que el criterio ya no puede ser únicamente formal. Durante décadas, buena parte del debate sobre arte contemporáneo se ha desplazado desde la pregunta “¿está bien hecho?” hacia otra más compleja: “¿qué hace esta obra en el mundo?”. Esa pregunta incluye la forma, claro, pero también la posición crítica, la potencia simbólica, el contexto de exhibición y la capacidad de producir experiencia o pensamiento.
El contemporáneo como tiempo herido
Una de las claves de nuestro tiempo es que el presente se ha vuelto espeso. Ya no vivimos con facilidad la idea optimista de progreso continuo. Las guerras, el colapso ecológico, la precariedad, la inflación simbólica de imágenes y la aceleración tecnológica han roto esa confianza lineal. No es casual que ARCO 2026 haya elegido como eje “ARCO 2045. El futuro, por ahora”, una sección pensada por Magalí Arriola y José Luis Blondet para imaginar el futuro no como ciencia ficción limpia, sino como una temporalidad mezclada, donde pasado y presente dialogan constantemente.
Ahí aparece una de las verdades del arte contemporáneo actual: ya no nos habla tanto desde la promesa como desde la incertidumbre. El futuro no se presenta como destino seguro, sino como hipótesis frágil. Por eso tantas obras contemporáneas trabajan con archivo, con ruina, con memoria, con restos, con migración, con duelo o con advertencia. Incluso cuando usan tecnologías nuevas, muchas no celebran ingenuamente la novedad: la interrogan.
ARCO 2026 mostró también esa dimensión política. La prensa destacó una feria atravesada por guerras, protestas y piezas que abordaban autoritarismo, derechos humanos o la situación de las mujeres afganas. Y, al mismo tiempo, subrayó que ARCO no dejaba de ser un mercado: un lugar donde conviven ventas, posicionamiento institucional y reflexión crítica. Esa mezcla, incómoda para algunos, no es una contradicción accidental: es una de las condiciones estructurales del arte contemporáneo.
Entre mercado y sentido
Hay quien habla del mercado del arte como si fuera una traición al arte. Y hay quien habla del discurso crítico como si fuera una molestia para vender. Ambas posiciones simplifican demasiado. El arte contemporáneo vive en la tensión entre valor simbólico y valor económico. Siempre ha sido así, aunque hoy esa tensión sea más visible.
Los datos globales ayudan a entender el contexto. El mercado mundial del arte cayó un 12% en 2024 hasta unos 57.500 millones de dólares, con una ralentización clara en el tramo alto, mientras crecía el número total de transacciones y ganaban peso los segmentos más asequibles. Es decir: menos exuberancia arriba, más movimiento abajo. No parece el momento de un mercado en euforia ilimitada, sino de reajuste.
En ese contexto, ARCO mantiene una singularidad valiosa. No compite exactamente como una feria-espectáculo del tamaño de Art Basel, ni como una plataforma puramente especulativa. Su fuerza sigue estando en otro lugar: una cadencia más reflexiva, una posición de bisagra entre Europa y América Latina, una escala todavía humana y una conversación donde el coleccionismo, la institución y el discurso conviven sin disolverse del todo en la lógica del lujo. Ese papel de puente entre Europa y Latinoamérica es subrayado por la propia organización y por la prensa especializada internacional.
Ahora bien, sería ingenuo quedarse en la postal amable. La edición de 2026 ha vuelto a estar marcada por la protesta del sector ante el 21% de IVA sobre las ventas de arte en España, muy por encima de países vecinos como Francia, Italia o Portugal. Galerías y asociaciones llevan meses denunciando que esa fiscalidad resta competitividad internacional y debilita un ecosistema compuesto en gran parte por estructuras pequeñas que no solo venden: producen contexto, acompañan artistas, prestan obra y sostienen programación gratuita durante todo el año.
Aquí hay algo importante para un editorial: defender el arte contemporáneo no consiste solo en aplaudir su libertad formal o su valentía política. También consiste en entender sus condiciones materiales de existencia. Una escena artística sin galerías viables, sin coleccionismo intermedio, sin compra institucional sostenida y con marcos fiscales asfixiantes no se vuelve más pura: se vuelve más frágil.
Entonces, ¿en qué estado está el arte contemporáneo?
Mi respuesta sería esta: está vivo, pero no reconciliado consigo mismo.
Está vivo porque sigue siendo uno de los pocos lugares donde una sociedad puede ensayar imágenes de sí misma que no caben del todo en el periodismo, ni en la academia, ni en la política, ni en el entretenimiento. Sigue siendo un espacio donde pensar con formas, donde hacer visible una inquietud antes de que tenga nombre claro.
Pero no está reconciliado consigo mismo porque arrastra conflictos reales:
la distancia entre discurso público y comprensión social, la tensión entre crítica y mercado, la presión de la espectacularidad, la desigualdad de acceso, la inflación de textos que a veces explican demasiado poco y la necesidad constante de justificar su valor ante quienes solo aceptan lo inmediatamente reconocible.
ARCO 2026 ha mostrado precisamente ese estado de cosas. Por un lado, músculo institucional, visibilidad -marzo 2026-, compras públicas y capacidad de atraer conversación. El Ministerio de Cultura adquirió 17 obras para el Reina Sofía, mientras Comunidad y Ayuntamiento de Madrid realizaron también compras y premios para sus colecciones. Por otro, protesta fiscal, contexto geopolítico convulso y una sensación cada vez más extendida de que el arte contemporáneo tiene que volver a explicar mejor por qué importa sin reducirse a marketing cultural.
Lo que debería importarnos de verdad
Desde ArTTech, la cuestión no es decidir si ARCO ha ido “bien” o “mal”. Las cifras dicen que ha ido bien en asistencia, presencia internacional e impacto económico. La pregunta más interesante es otra: qué revela ARCO sobre el ecosistema que tenemos y sobre el que queremos construir.
Y lo que revela, a mi juicio, es esto:
que el arte contemporáneo sigue siendo necesario, pero necesita mejores mediaciones;
que el mercado sigue siendo indispensable, pero no suficiente;
que la tecnología ya forma parte del paisaje, pero no sustituye la experiencia ni el criterio;
y que el futuro del arte no dependerá solo de producir novedades, sino de producir formas más inteligentes, más abiertas y más habitables de relación entre obras, artistas y públicos.
Dicho de otro modo: el arte contemporáneo no necesita que lo defendamos como una religión ni que lo simplifiquemos para hacerlo aceptable. Necesita que lo pensemos mejor.
Y ese, quizá, sea el verdadero trabajo editorial que empieza después de la feria.
Bruno Modigliani
Editorial · ArTTech -marzo 2026-


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