Dentro del artista

Detrás de cada obra hay una vida interior: estados de ánimo, carácter, dudas, convicciones, miedos y deseos. En Dentro del artista nos acercamos a figuras como Van Gogh, Goya, Picasso o Dalí desde esa dimensión humana, sin mitos ni diagnósticos, a través de su contexto, sus cartas y su pintura. No se trata de hurgar en su intimidad, sino de entender cómo la experiencia personal deja huella en la obra… y qué podemos aprender de ello para nuestra propia creación.

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Dentro del artista · Artículo 02 -

Pepe Pan: «Siempre me he sido pintor»

Hay aprendizajes que permanecen en las manos mucho después de haber olvidado cuándo los adquirimos. Pepe Pan todavía prepara la paleta como vio hacerlo a su padre y a su abuelo. Ha restaurado pintura, ha pintado durante los descansos de otro trabajo, ha enseñado a otros y continúa buscando algo que él llama «la esencia» de lo que tiene delante. Su historia plantea una cuestión que quizá hemos complicado demasiado: qué significa realmente ser pintor.

Antes de empezar a pintar, Pepe Pan limpia la paleta

No parece un dato demasiado relevante hasta que explica cómo lo hace y, sobre todo, por qué. La paleta sucia de la jornada anterior debía quedar preparada para la siguiente. Después llegaban los colores, colocados siguiendo un orden que todavía recuerda: primero el blanco, después los ocres, los rojos, carmines, verdes, azules y finalmente las sombras. Luego el aguarrás, el aceite, el barniz. Todo dispuesto antes de llevar el color al lienzo.

No aprendió ese procedimiento en una academia. Lo aprendió mirando a su padre y a su abuelo y ayudándolos cuando era niño. Ellos eran restauradores y él creció, según contó a Carlos Guisasola en El Mundo, «entre caballetes, pinturas y aguarrás». Ahora, muchos años después, sigue comenzando de una manera parecida. «Una sensación inolvidable y que todavía perdura en mí», dice cuando recuerda aquel ritual.

Quizá Dentro del artista empiece esta vez precisamente ahí: no en una declaración sobre qué es el arte, sino en una paleta que hay que limpiar. Porque hay conocimientos que uno puede explicar y otros que simplemente terminan instalándose en las propias manos del artista.

Mirar un cuadro desde muy cerca

La relación de Pepe con la pintura tiene algo poco habitual. Antes de desarrollar plenamente su propia obra, conoció los cuadros también como objetos que envejecen, acumulan suciedad, se agrietan y necesitan ser examinados a pocos centímetros.

Habla de la restauración como quien recuerda una forma privilegiada de intimidad con la pintura. Al seguir una pincelada y retirar las impurezas depositadas por el tiempo, cuenta, reaparece el color que alguien dejó allí trescientos o cuatrocientos años antes. En alguna ocasión llegó a encontrar un pelo del pincel atrapado en la propia materia pictórica. Para él, estos descubrimientos permiten establecer «una comunicación más profunda» con quien hizo la obra.

La expresión merece detenerse un momento. Estamos acostumbrados a relacionarnos con los grandes cuadros guardando una distancia. Hay una sala, una iluminación, a veces un cristal o una barrera y, por supuesto, una institución que nos recuerda que aquello que tenemos delante pertenece a la historia del arte. El restaurador conoce otra cara del cuadro. Tiene que averiguar cómo está hecho. La pintura deja de ser únicamente una imagen y vuelve a ser materia: capas, pigmentos, pinceladas, accidentes.

En el caso de Pepe, esa experiencia parece haber dejado dos cosas que él mismo identifica en su manera de trabajar: la paciencia y el deseo de «sacar la esencia» de aquello que pinta. La palabra esencia volverá a aparecer.

«Un no rotundo»

Le pregunté si alguna vez había sentido que, por no vivir económicamente de la pintura, era menos pintor. «Un no rotundo. Siempre he sido pintor. [...] Pienso que todos somos pintores. No se es pintor porque te ganes la vida con ello, sino porque quieras expresarte con la pintura.» — Pepe Pan

Para Pepe, la pintura pertenece antes al terreno de la expresión que al de la profesión. Ganarse o no la vida con ella es otra cuestión. Podría dejarlo ahí. La respuesta es clara. Pero su propia vida hace que la cuestión resulte algo más compleja, y también más interesante.

Porque decir que cualquiera puede pintar no significa que pintar no requiera aprendizaje. Pepe lleva décadas haciéndolo. Habla de técnica, mezclas, perspectiva, veladuras, luz, paciencia. Ha aprendido de quienes tuvo cerca y ha seguido aprendiendo por su cuenta. Cuando comenzó a trabajar con mayor intensidad el retrato —un género que, según cuenta, al principio ni siquiera le gustaba— fue buscando progresivamente algo más que el parecido.

Otra vez aparece la misma palabra: la esencia. No le bastaba con conseguir que el retratado se pareciera al retrato; quería que en aquella cara pintada apareciese algo reconocible para quien conocía a la persona. Algunas veces, cuenta, vio emocionarse a quien contemplaba uno de esos cuadros.

Y entonces, después de habernos asegurado que siempre ha sido pintor, añade:
«En esos momentos me siento pintor».

No intentaría resolver la aparente contradicción. Me parece más interesante conservarla. Uno puede saberse pintor y, sin embargo, necesitar encontrarse de vez en cuando con ese instante en que la pintura responde. Cuando deja de ser solamente un problema de proporciones, color o semejanza y consigue alcanzar a otra persona. Quizá las identidades que más importan funcionan así: las asumimos como propias, aunque de vez en cuando necesitemos volver a comprobarlas.

La biografía de Pepe tampoco sigue la trayectoria profesional que solemos asociar a un artista. En 2000 entró como funcionario en el Ayuntamiento de Madrid y, después de trabajar varios años en instalaciones municipales dedicadas a animales, pasó al Área de Hacienda y Administración Pública de Alcalá, 45. Allí trabajaba como mozo de almacén y aprovechaba los tiempos libres para pintar. Empezó haciendo retratos en acuarela; después llegaron formatos mayores, paletas, lienzos y marcos. Algunos de aquellos trabajos acabaron expuestos en los propios pasillos del edificio. «Los pasillos del Área de Hacienda han sido para mí como una galería de arte», contó a El Mundo.

Me interesa esa etapa no porque esconda una historia pintoresca sobre un funcionario que pintaba, sino por algo bastante más sencillo. La pintura encontró sitio dentro de la vida que Pepe tenía. No esperó a disponer de la vida de un artista para pintar. Pintó.

Un lugar en el que ya no ocurre nada

Pepe Pan es uno de los artistas que participan en Maneras de vivir, la exposición del Grupo de Pintura Barquillo que reúne distintas aproximaciones a los espacios que habitamos. Su obra, Tierra vaciada, introduce un mundo bastante alejado de aquellos pasillos madrileños.

La historia del cuadro empieza con otra imagen. Un amigo le enseñó una fotografía de una propiedad suya. Pepe quedó impresionado por el estado de abandono del lugar. Había una vieja maquinaria, una pequeña ventana por la que entraba la luz y una estancia en la que resultaba fácil imaginar que anteriormente había sucedido algo que ya no estaba sucediendo. El espacio seguía allí; la actividad había desaparecido.

«Quise pintar el aire de la estancia y la inactividad de un lugar que en otro tiempo tuvo su vida», explica. La frase permite entender mejor el cuadro porque desplaza la atención desde los objetos hacia aquello que existe entre ellos. Al hablar del proceso, Pepe lo expresa de una manera todavía más gráfica: quiso «pintar el aire como Velázquez».

Lo que aparece ahí es una vieja preocupación pictórica: cómo conseguir que un espacio no parezca simplemente el fondo sobre el que hemos colocado unas cosas. Cómo hacer perceptible la distancia entre ellas, la luz que circula, la atmósfera de una habitación. Cómo pintar, en definitiva, algo que no tiene contorno.

En Tierra vaciada ese problema formal coincide además con el asunto del cuadro. Pepe no quería representar solamente una máquina antigua. Mientras pintaba, aquella estancia fue llevándolo hacia el paso del tiempo y hacia el abandono de determinadas formas de vida rural. De ese proceso surgió el título.

Hay un detalle posterior que cambia nuestra relación con la imagen: el lugar ya no se encuentra así. Según cuenta Pepe, ha sido reconstruido y funciona actualmente como casa rural, aunque se ha conservado el molino. La pintura muestra, por tanto, un estado transitorio que ya ha desaparecido.

Esto me parece especialmente sugerente dentro de Maneras de vivir. No porque Tierra vaciada deba convertirse en una representación general del abandono rural, sino porque nos sitúa delante de un lugar después de que una manera de utilizarlo haya cesado y antes de que llegue la siguiente. La habitación no estaba vacía. Conservaba objetos, luz, materia. Lo que faltaba era la actividad humana que les había dado sentido. Quizá por eso Pepe quiso pintar el aire.

Lo que se enseña y lo que no

Hay otra prolongación de aquella escena infantil de la paleta que no esperaba encontrar cuando comenzamos esta conversación. Pepe también ha enseñado a pintar.

Lo explica sin atribuirse una condición de maestro. Ha mostrado a otras personas cómo colocar los colores, cómo mezclarlos o cómo resolver la perspectiva. Hasta ahí llega la parte que puede transmitirse de manera relativamente concreta. Después, dice, ha procurado dejar al alumno «su iniciativa de creación».

Y ocurre algo que rompe la dirección habitual de la enseñanza: algunas veces ha sido él quien ha aprendido. «Otra visión de las cosas a través de otra persona, otra manera de pintar o de ver», dice.

Vuelvo entonces al principio. Su abuelo y su padre colocaban los colores sobre una paleta mientras él miraba. Después fue Pepe quien aprendió a hacerlo. Años más tarde es él quien coloca los colores delante de otra persona y le explica cómo mezclarlos, aunque sabe que llegará un momento en el que tendrá que apartarse y dejarla pintar.

Hay una continuidad ahí, pero no una repetición exacta. Si lo fuera, la pintura terminaría convertida en receta. Se transmite un oficio; no una mirada. Y quizá por eso tiene sentido que alguien que concede tanta importancia a la técnica siga diciendo que todos podemos pintar. Pepe no confunde la libertad de expresarse con el dominio de un procedimiento. Sencillamente no cree que la segunda deba utilizarse para negar la primera.

Hasta aquí hemos llegado

Desde agosto de 2025, Pepe está jubilado y vive en Zarzuela del Monte, en Segovia. Cuando le pregunto si ese cambio ha transformado su manera de mirar o de pintar, no construye retrospectivamente una revelación que no ha tenido. «No ha cambiado mucho».

Tiene más tiempo. Espera aprovecharlo para seguir creciendo técnica y emocionalmente, después de un año que considera algo sabático, y habla de futuros proyectos y de su relación con el grupo de pintura. La respuesta me gusta precisamente porque carece de épica. Jubilarse no lo convirtió en pintor porque, si aceptamos lo que lleva diciendo desde el principio, no había nada en lo que convertirse. Ahora dispone simplemente de más tiempo para continuar.

Y continuar, en su caso, tampoco significa saber exactamente adónde llegará cada cuadro. «Yo nunca veo el cuadro terminado», reconoce. Siempre encuentra algo que podría tocar: una luz, una veladura, una pincelada. Las primeras decisiones van indicando un camino, pero asegura que nunca sabe exactamente cómo acabará una obra ni cuándo llegará ese momento. Al final tiene que imponerse una frase: «Hasta aquí hemos llegado».

Hay algo profundamente reconocible en esa manera de terminar. Nos gusta pensar la obra artística como el resultado de una intención: el artista imagina, ejecuta y finalmente completa. Quienes trabajan durante mucho tiempo en una práctica creativa suelen describir algo bastante menos ordenado. En algún momento no se alcanza tanto la certeza de haber terminado como la decisión de dejar de intervenir.

Después de escuchar a Pepe, vuelvo a su primera afirmación: «Siempre he sido pintor». Al principio pensé que esa frase sería la respuesta a nuestra pregunta. Ahora creo que contiene otra.

¿Qué significa haber sido pintor siempre? En su caso significa haber aprendido de niño que una jornada empieza limpiando la paleta del día anterior. Haber mirado una pincelada antigua tan de cerca como para encontrar en ella el pelo de un pincel. Haber pintado retratos de compañeros durante los huecos de una jornada laboral. Haber descubierto que la técnica mejora y, aun así, no basta. Haber intentado representar el aire de una habitación abandonada. Haber explicado a otros cómo mezclar un color y haber acabado aprendiendo de la manera en que ellos miraban.

No sé si todos somos pintores, como sostiene Pepe. Pero después de conocer algo mejor su historia sí entiendo qué quiere decir cuando afirma que él siempre lo ha sido. Y probablemente mañana, antes de empezar otra vez, vuelva a limpiar la paleta.

Bruno Modigliani
Dentro del artista · ArTTech - septiembre 2026

Dentro del artista · Artículo 01

Van Gogh sin mito: color, tormenta y búsqueda de calma

Pocos artistas despiertan tanta familiaridad como Van Gogh. Incluso quienes no saben nada de historia del arte pueden reconocer un girasol suyo, un cielo en espiral o un autorretrato de mirada ardida. Pero esa cercanía engaña: creemos conocerlo porque sabemos “lo esencial” —pobreza, inestabilidad, genio, suicidio—, cuando en realidad su vida interior fue mucho más compleja que esa caricatura del artista torturado.

Van Gogh no nació pintor. Llegó al arte tarde, después de tropiezos sucesivos en la vida laboral, amores frustrados, crisis espirituales y periodos de aislamiento que lo dejaron emocionalmente exhausto. Su carácter era intenso, apasionado, con una sensibilidad que rozaba la hipersensibilidad. Quería vivir con una especie de honestidad absoluta, sin medias tintas. Esa misma intensidad que lo quemaba por dentro fue la que lo llevó a pintar con una urgencia poco común. La pintura no era para él una profesión: era una necesidad vital.

En sus cartas —la fuente más fiable para entrar en su mundo interior— Van Gogh se muestra como un hombre que buscaba, sobre todo, calma. A diferencia del mito, su mayor anhelo no era la exaltación emocional sino el equilibrio. Escribe una y otra vez sobre la dificultad de encontrar serenidad mental, sobre cómo la tristeza se le pegaba a la piel y cómo la pintura le ofrecía algo parecido a un refugio. Esa dualidad —tormenta interior, búsqueda de paz— es la línea que atraviesa toda su obra.

Cuando vivía en París, rodeado de artistas, ideas nuevas y colores brillantes, su ánimo era volcánico: entusiasmo, frustración, esperanza. El resultado fue un estallido cromático: pincelada vibrante, temas cotidianos tratados como si estuvieran llenos de electricidad. En Arlés, en cambio, buscó una vida más ordenada, más luminosa, casi monacal. Allí sus colores se volvieron más amplios, más sólidos: los amarillos intensos, los azules abruptos, los ocres quemados. No es solo el clima del sur; es el deseo de luz como antídoto contra los pensamientos oscuros.

El carácter de Van Gogh también se refleja en su forma de pintar: directo, sincero, a veces brusco, profundamente humano. Le costaba convivir con otros —su relación con Gauguin es el ejemplo más conocido— porque esperaba de los demás la misma honestidad que él ponía en cada gesto. Era demasiado vulnerable y demasiado exigente a la vez. Ese choque entre un mundo interior frágil y un deseo inmenso de conexión hizo que su práctica artística fuera, en buena parte, una conversación consigo mismo: un intento de ordenar emociones que no sabía cómo nombrar.

Su último periodo, en Auvers-sur-Oise, ha sido leído mil veces como un preludio del final. Pero si miramos de cerca, vemos algo más matizado. Sus cuadros de esos meses no son únicamente oscuros: están llenos de una energía casi física, de un movimiento espeso pero vivo. Raíces de árbol, probablemente su última pintura, es un buen ejemplo: un entramado de líneas tensas, colores que chocan, tierra y corteza convertidas en un mapa emocional. ¿Qué estado de ánimo hay ahí? Nadie puede asegurarlo. Lo que sí sabemos es que su arte seguía siendo una búsqueda, no un cierre. Su mente sufría; la pintura seguía intentando darle forma a ese caos.

Hablar de Van Gogh sin caer en el mito del “genio loco” es importante. Su obra no es el resultado de un sufrimiento “productivo”, sino de una tenacidad emocional admirable. Cuando estaba hundido, pintaba; cuando estaba eufórico, pintaba; cuando estaba perdido, pintaba. Su vida interior no explica sus cuadros, pero sí ilumina por qué pintó como pintó: con urgencia, con devoción, con un deseo inmenso de comprender lo que sentía.

Para quienes crean hoy —pintores, ilustradores, fotógrafos, músicos, cualquier persona que intenta convertir emoción en forma—, Van Gogh no es un modelo de sufrimiento, sino de honestidad. Su trayectoria muestra que el arte no exige estabilidad perfecta, pero tampoco se alimenta solo de dolor. La creación es un espacio donde los estados de ánimo se transforman, no un lugar donde se justifican.

Quizá por eso seguimos volviendo a él. Porque detrás de cada pincelada hay alguien que intenta, como todos, dar sentido a lo que lleva dentro. Y porque, en última instancia, mirar un cuadro de Van Gogh es mirar la lucha íntima de un ser humano por encontrar un momento de claridad en medio de la tormenta.

Lo que nos deja no es una invitación a imitar su destino, sino una pregunta que sí podemos hacernos cada uno:

¿qué haces tú con todo lo que sientes cuando te pones a crear?

Bruno Modigliani
Dentro del artista · ArTTech - marzo 2026

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